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Vida en misión. 

Salí un primero de octubre de 1968. Mi chofer a Zaventem (aeropuerto de Bruselas) fue la señora Simone Lecart con John Mestdagh, su nieto. Hoy, la buena señora tiene más de 90 años y todavía se ocupa de la biblioteca.

 
Era el primer vuelo de la Sabena hacia Guatemala. Encontré al Padre Hugo Bruyère que me ayudó a llegar a la Zona 5 en taxi. Era todavía el viejo aeropuerto militar, lleno de soldados. "Es mi suerte", pensé yo, "llego un día de revolución." No era el caso. Los aduaneros, a la 1 y media de la mañana estaban en su cama y después de una larga espera, y cubiertos de cositas de lana que tomé por sus gorros de dormir, se dignaron ver el contenido de nuestras valijas y me impresionaron mucho al llenar mi pasaporte de sellos enormes. El chofer de taxi andaba de un lado para el otro de la calle, aparentemente para evitar perros callejeros. Hugo logró abrir el portón de la casa provincial dónde pastores alemanes nos esperaban. Con valor, tocamos el timbre, rodeados de aquellos canes.
Ni más ni menos que Walter Voordeckers, nuestro futuro héroe de la teología de la liberación, nos abrió, medio dormido. "¿Es Usted Toussaint?" me preguntó. Hugo ya se había despedido. Al decir SI, me condujó a un cuarto con sábanas poco frescas y se retiró sin decir nada más. Bienvenido a Guatemala, Jorgito.

Observen que el primero de octubre era la fiesta de la pequeña Santa Teresita del Niño Jesús. Me sentía bien acompañado. El 2 de octubre, me levanté para el desayuno dónde el Padre Antonio Devocht, superior de turno me recibió así que otros compañeros de los cuales no recuerdo. Me anunció que me iba a llevar en la noche a la Parroquia del Buen Pastor con el Padre Francisco Hoelscher para alojarme unos días. En la misma tarde, ya con oscuridad, Antonio me llevó en su volskwagen, él de camisa y yo de uniforme clergy, por la Avenida la Reforma. Apenas entrados en aquella Avenida, a altura de la Escuela Militar, nos pararon: un carro de la policía por delante y otro por detrás. Estos señores parecían muy nerviosos apuntandonos con sus grandes ametralladoras. Salimos, Antonio con las manos arriba y yo abrazando me maletín con my pajama dentro. Nos revisaron y pidieron a Antonio de abrir el baúl trasero del carro. "Allí está el motor", les dijo Antonio. No se lo creyeron y repitieron sus orden de abrir. Parecían satisfechos de ver el motor y ya no pidieron de abrir el baúl delantero. Nos dejaron ir. Bienvenido a Guatemala, Jorgito.

Supé, leyendo la prensa, que en aquel lugar, unos extranjeros habían asaltado a alguién hace horas. La policía seguía buscando en el mismo lugar. Claro: se sabe que el criminal regresa siempre en el lugar del crimen. Los compañeros (¿bromeando?) me dijeron que me vieron una cara de cubano por mi barba -- que me apuré de afeitar el día siguiente, hasta darme cuenta que aquella hipótesis no era seria.

Francisco Hoelscher, holandés de origen, me recibió amablemente, me dió de cenar y me mostró mi cuarto dónde me dejó. Como ni mi español ni mi holandés eran abundantes en aquel entonces, la conversación no fue muy larga.

Son cohetillos los que me despertaron el 3 de octubre. Otra vez reaccioné pensando: "Es la revolución." Eran aniversarios festejados en el barrio. Menos mal. Bienvenido a Guatemala, Jorgito. 

Pasé ese mes viajando de parroquia en parroquia con el fin de conocer a los compañeros en su ambiente de trabajo. Y los 4 meses siguientes me incorporé por Antonio en el Instituto de Capacitación misionera fundado por él en unión con otras congregaciones. Parte de aprendisaje del idioma español en el IGA en horario intensivo, inculturación incluída y viajes, fines de semana de proyectos misioneros en proyectos misioneros. Aquel Instituto no tardó mucho: con la salida de Antonio para Holanda, todo se vino a pique. Pero estaba yo preparado.

Estamos en 1969.

El primer nombramiento fue en Nueva Concepción, Tiquisate, con Eduardo Gerrits, un holandés él también. Al llegar, Eduardo me anunciaba sus vacaciones en Holanda y luego me dejó sólo sin experiencia. Hasta casé a gemelas olvidándo confesar a los novios. Es cosa que nunca más olvidé, después. Felizmente Eduardo tenía a dos muchachas "hermanas" resto de una fundación pía franciscana. Ellas me fueron de mucha ayuda. Salía a las "trochas" de Nueva Concepción con Bernardino, el chofer de Eduardo y franciscano terciario. Mientras confesaba yo, daba él algo de catequesis. Su preferida era de aclarar la maldad de tener una radio en casa y más aún de escuchar música mundana. Sólo para molestarlo, al regresar de nuestras expediciones de misas, ponía la radio a todo volúmen, viéndole la reacción. No tenía la cara muy bonita que se diga.

El lugar no era muy seguro que se diga: hacía la ley en el sector una banda apodada "Los Lobos", temida por todos. De noche, al oír tiros en las calles, me metía entre las sábanas hasta las orejas.

Había una cooperativa agrícola fundada por Eduardo. Aquel guardaba el dinero en casa, con excusa de pagar las letras de un camión unilog. Un día, los asesores de la cooperativa llegaron reclamándome estos dos mil quetzales, recordándome que los dueños de la cooperativa eran los socios. Les dí el dinero que se apresuraron a dar en préstamos a los socios que nunca lo devolvieron. Sin preocuparse de las letras del camión.

Finalmente, lo que tenía que ocurrir, ocurrió. Pedro Van Santvoort, superior de turno, llegó, después de dos meses de casi felicidad misionera a Nueva Concepción, contándome que un compañero necesitaba que lo reemplazara en Escuitla.

Lo que no sabía, era la existencia de una gran enemistad entre Eduardo y Pedro sobre la Cooperativa. Le pregunté a Pedro que se hacía con Eduardo: me dijó que lo iba a arreglar. Me fui entonces a Escuintla dónde encontré los problemas de mi vida.

Marcel Rotsaert, el causante de mi llegada a reemplazarlo, se había ido.

 

Escuintla - unkown

Me recibió el "equipo" pastoral compuesto de la Lucía, hermana ICM, Juan Van deveire, René Van Rompay, Irma ICM, Francisco Harren, las hermanas mexicanas del Colegio. Desde la primera reunión, Lucía me aclaró que estaba a prueba.

Rapidamente, por haber sido formado al trabajo en equipo en el seminario, me di cuenta que el grupo era totalmente dirigido por Lucía y Juan. Seguían incondicionalmente René e Irma. Francisco se hacía el baboso, a pesar de ser el párroco y las hermanas mexicanas estaban más por  compromiso que por convicción. Que de esfuerzos no hicieron para "meterme" en su programa "Familia de Dios", dónde hacían tomar conciencia a la gente y a los niños de las injusticias de la sociedad y de las autoridades. Siempre me resistí, viendo en aquel programa, una visión muy reductora en cuanto a la visión cristiana.

Al tener ya a un prelado, Monseñor Julio Aguilar, recibiendo burlas de aquella gente, me mostró el Monseñor lo parecido entre el manifiesto cubano y el plan de trabajo de aquellos compañeros de los cuales Juan era el "cerebro". Se trataba de un socialismo "cristiano" aplicado, con su lucha de clases.

Juan se había asegurado los lugares claves del control de Escuintla en cuanto a Iglesia: Director de la casa de retiros, miembro del Consejo Provincial de la Congregación y jefe del programa "Familia de Dios". Poco a poco, perdió algunos de  aquellos puntos claves, lo que debilitó mucho su programa. René se casó con Irma y se fueron a los Estados Unidos. Juan y la Lucy se separaron. Juan se casó con una guatemalteca activista de "derechos humanos" dónde ambos trabajan todavía.

El Pedro nos vino a ofrecer a Walter como miembro nuevo del equipo. Me opusé: loco como una cabra y completamente de la teología de la liberación, él también. Como castigo, Pedro (el provincial) me envió a San Andrés Osuna en exilio. Años después me pidió disculparlo: era yo víctima de las circunstancias. Felicidades en Guatemala, Jorgito.

1970

San Andrés Osuna fue visto como un castigo. Pero en realidad fue una época feliz. La capellanía cubría un sector muy pequeño pero agradable, algo isolado en tiempos de lluvias, por los ríos que bajaban con violencia del volcán El Fuego. La casita es bonita así como la pequeña iglesia. Las gentes buenas. La sede era una finca del Inta. Reactivamos la cooperativa de café y su tienda de consumo. Entre la directiva, había orejas del administrador de la finca del Inta. Hicimos una venta de cafe de los socios con Café Bran. Un socio había secado su cafe sobre comal y aquel cafe estaba "picado". La dueña de Cafe Bran reaccionó e hizo una observación.

En la aldea Guadalupe, empecé a formar catequistas quienes hasta hoy siguen la celebración de la palabra en el lugar si estoy bien informado. Celebré misas en los demás anexos también: Chuchú, San Gregorio, Diamantes, propiedad de los Herrera, San Vicente Osuna y la aldea más arriba en la falda del volcán (olvidé el nombre).

Al regresar un día de San Vicente Osuna, un señor me paró el Landrover y empezó a acusarme de ser "reo de muerte". Supé después que era "testigo de Jehovah". Se explicó diciendo que había matado con el carro un patito. Al rato llegaban los catequistas de San Andrés Osuna con el machete en la mano. Nuestro testigo, al verlos llegar, no insistió y se encerró en su casa. Al informarme, supé que el administrador de Diamantes había pasado por allí con su Landrover y era el verdadero criminal. Confusión de "testigo".

Me hicé amigo del administrador de Diamantes. La finca dependía de un grupo fuerte: la finca Pantaleón. Producía caña de azúcar, cafe y algo de ganado. Le conté el incidente del testigo, lo que le dió mucha risa. Éra español y se había casado por procuración. Su representante era su padre. Me contó las reacciones de los españoles asistiendo a la boda, viendo un señor anciano y una novia muy jóven, desconociendo que era boda por procuración.

Me quedé un año y tres meses en San Andrés Osuna. Alguién me tuvo compasión: el Padre Leonardo Moerman pidió que fuera su vicario en Casillas, Santa Rosa. Se convinó que primero fuera a visitar la aldea de Ayarza para conocer y opinar.

1972

El volcán El Fuego entra en erupción y toda la casa tiembla sin parar por estar en su falda. El cielo se cubre de arenas y de día hay una gran oscuridad. Al ver el principio de aquella erupción, era feérico. Relámpagos parecidos a bolas de azufre, cantidad de arenas saliendo en nubes de polvo y cubriendo techos y hojas de los cafetales de modo impresionante. Yendo a Ayarza para conocer el sector, se veía el volcán en erupción desde allí. Me gustó y anhelaba alejarme de una situación que iba a explotar en la costa sur de Escuintla.

Los finqueros de Pantaleón y demás, propietarios de terrenos de caña más grandes que provincias belgas hacían la guerra a los sindicatos, sospechosos de pertenecer a la guerilla principiante. Esta gente sindical fue diseminada, desaparecida y los que pudieron escapar en listas negras quitándoles toda posibilidad de trabajo, eso en todo el país. Hasta los sacerdotes estaban controlados: sus teléfonos en escucha, sus correos abiertos por el contra-espionaje.

¿Será providencial? Jorgito se fue a Casillas, Santa Rosa. Dónde la gente, pequeños propietarios, se identificaban con la derecha, temiendo al "comunismo" que les podía quitar todo. El Padre Leonardo Moerman, antiguo misionero de China, me ofreció una relativa independencia pastoral, viviendo en San Rafael las Flores, al norte de la Parroquia y a una hora en carro por muy malos caminos. Hubo tranquilidad en cuanto a conflictos sociales; mientras en Escuintla, empezaba la matazón de sacerdotes, catequistas, ministros religiosos evangélicos sensibles a lo social.

 

Padre Leonardo Moerman, antiguo misionero de China, echado por los comunistas en 1954 y párroco de Casillas.

Me habían dicho que Leonardo era imposible. Ningún vicario lo había aguantado. Nunca he encontrado una persona tan fina, tan atenta. Uno de los pocos compañeros que en vez de rechazo me brindó mucho aprecio y apoyo. No compartía mi compromiso social con crianza de animales y cooperativa. Pero no dejó de apoyar. Falleció en 1982 de leucemia, durante mis vacaciones en Bélgica,él que decía pedir al Señor de no molestar a nadie en el final. Llegué a tiempo para la misa de 9 días. Quedó 14 meses en el cementerio en plena tierra y cuando pudimos trasladarlo en la Iglesia, estaba intacto.

La parroquia atendía 38 aldeas, algunas muy metidas en la montaña. Poco a poco, Leonardo me cedió terreno de visitas. Cada aldea llegó a tener un oratorio, gracias al cuidado de Leonardo y con ayuda de Adveniat de Alemania. Un buen equipo de catequistas y los primeros ministros de la comunión del país con la región de Huehuetenango. Así que cada domingo se hacía la "santificación" del domingo luego con la comunión. La confesión en las aldeas se aseguraba durante las visitas del "padre" de modo que la gente se confesaba mensualmente, si lo deseaba.

Cada mes,delegados de los principales centros bajaban en Casillas, para dar su informe de las actividades en cada lugar y preparar la agenda del mes de visitas de misas. Los temas impartidos en las celebraciones locales eran preparadas a partir del "catecismo alemán", bien hecho en sus temas claros y con sus preguntas adecuadas para la participación de los oyentes.

Al fallecer Leonardo un 29 de septiembre de 1982, me tocó bajar vivir a Casillas para asumir la función de Párroco. Pedí al obispo un vicario. Me dieron a un sacerdote guatemalteco, originario de la región y supuestamente mi sucesor, el Padre Dávila . El nuevo superior provincial, Lucas Mees me pidió dejar la parroquia porque la Congregación se retiraba de Santa Rosa. Salvo Alberto y Guillermo. ¿Seré la Congregación?, le dijé yo. ¿Y a dónde voy? A dónde quieras, me contestó. Tres obispos me pidieron: Monseñor Pellecer, administrador apostólico de Escuintla y todavía vicario general del arzobispado de Guatemala, Monseñor Betancurt en San Marcos y el obispo de Cobán para la catedral.

1984

 Me decidí por Escuintla. Con Monseñor Pellecer. Después de 17 años de ausencia, casé a niñas que bauticé.

 

doñaCarlota Ronquillo Dávila. Ama de llaves.

Me llevé a doña Carlota que había servido al Padre Leonardo y nos fuimos a la aventura de nuevo.

 


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